Ayer me acosté con uno de mis amantes ocasionales. Estuvo muy bien, le doy un nueve. Seguramente muchos crean que estoy mal de la cabeza, por poner nota a estas cosas. Pero yo le pongo nota a TODO. Mi madre, que es una seria señora francesa, me enseñó que no existe obra humana alguna perfecta, sencillamente, a todo aquello hecho por el hombre que roza la perfección lo llamamos genial. Genial son la Mona Lisa, algunas sinfonías de Beethoven (no todas), la pirámides de Egipto...
Yo, por mi parte, no aspiro siquiera a ser genial en lo que hago, sobre todo en el baile. Lo que yo más ansío es la exactitud. ¿Por qué en el baile? Eso se lo debo a mi padre. Cuando venía de alguno de sus largos viajes de negocios, tras la cena se tomaba uno, dos, tres whiskys. Contaba algún chiste y como ni mi madre ni yo reíamos empezaba con sus "pero que serías sois" y dirigiéndose a mi madre: "¿Se puede saber que le das a la chica, que parece de piedra, de lo envarada que está?" Entonces ponía uno de sus viejos discos y me arrancaba hasta el parquet del comedor. Mi padre había sido un buen bailarín, lo había aprendido de mi abuela, que a su vez había sido una reconocidabailarina clásica. A mi me gustaba bailar con mi padre y por supuesto no lo dejaba notar, pero mi padre me llevaba al compás de un tango,y a mí me fascinaba la exactitud que pueden alcanzar los movimientos sincrónicos de dos bailarines. Exactitud.
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