Entra a la peluquería asomándose tímidamente. Cristina es así: vergonzosa, mira a suelo y se ríe incómoda en cualquier situación. Habla bajito, y pregunta en apenas un susurro si tiene turno, si se puede quedar.
La peluquera, una joven desganada que masca chicle moviendo los numerosos piercings de su cara, se aparta un mechón de pelo teñido de rosa de la frente y la mira asintiendo. Demasiado esfuerzo articular la palabra "sí" y menos con la mierda de sueldo que cobra.
Cristina se sienta y como frente a ella hay una oronda señora ocupada con el "Hola" no sabe dónde mirar. En una de sus miradas furtivas, pilla a la obesa chupándose el dedo para pasar la página. Sin querer, Cristina tuerce el gesto, pensando en lo asqueroso del hecho de chupar lo que tantas otras personas habían tocado. Personas que habían ido al baño y no se habían lavado la manos, que...¡para! dejar de imaginarte eso.
Al fin le llega su turno. Por suerte le toca la peluquera "buena". Le resulta incómodo pedir cosas, y si hubiera tenido que decirle a la peluquera "brusca" que quería que le atendiera la otra, de puro miedo no hubiera abierto la boca. La chica le saluda amablemente. Le habla con familiaridad, pues es su cliente habitual y para Cristina es todo un alivio.
-¿Cortamos las puntas?
Cristina niega con la cabeza y se arma de valor:
-No, corto.
La otra la mira interrogante.
-¿Por aqui? -dice, señalando justo por debajo de la oreja.
-No, más.
La peluquera asiente extrañada y le pregunta varias veces si está segura. Lo de asegurarse debe ser algo que se aprende en la escuela de peluquería.
- Y el tinte, ¿como siempre?
-No...-dice Cristina con apenas un hilo de voz- no me voy a teñir.
La peluquera se extraña aún más, pero tiene la sensación de que no debe preguntar más. Su sexto sentido le ha revelado algo.
Cuando termina de cortar, toma un espejo y le muestra a Cristina el corte por detrás. Ella asiente con una sonrisa melancólica.
La peluquera le quita la capa y tras cobrarle a una Cristina que se siente rara, desnuda sin su melena, se acerca con ella a la puerta y le susurra furtivamente "Ánimo, que saldrá bien".
Cristina mira al suelo y casi tropieza aturdida al salir. Mañana empieza la quimioterapia.

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